Hay un Mundo por Cambiar
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enero 14, 2012 at 13:30 · Temas General
En los últimos 30 años nuestras ciudades han crecido bajo un patrón guiado casi exclusivamente por el mercado.
El uso del suelo, como rezaba la Política Nacional de Desarrollo Urbano de 1979, ha sido definido exclusivamente por la rentabilidad de la tierra y los territorios se han segmentado de manera radical, generado barrios para ricos, barrios para la clase media y barrios para pobres.
Consecuentemente, cada barrio ha sido diseñado y construido con estándares de espacios públicos que están íntimamente ligados a los distintos niveles socioeconómicos, generando barrios con amplias calles y avenidas arboladas; con sus veredas iluminadas y en perfecto estado; rodeados de áreas verdes y plazas activas para el esparcimiento y la recreación de todos sus habitantes.
En el otro extremo están los barrios con pequeñas calles en donde ni siquiera se pueden estacionar los vehículos porque si lo hacen impiden la circulación; con un deterioro creciente y sin mantención alguna; sin veredas ni iluminación; rodeadas de sitios residuales, algunas veces disfrazados de áreas verdes y otras, consolidadas como tierrales que en verano generan polvo y en invierno se convierten en barro, esperando eternamente la consolidación de áreas verdes que cuando se materializan, muchas veces no gozan siquiera de los atributos mínimos para ser consideradas como tales.
Para completar el cuadro, cada barrio se ha terminado de consolidar atrayendo la oferta de bienes, productos y servicios que el poder adquisitivo de quienes viven en ellos puede pagar, obteniendo como resultado barrios en donde hay de todo y al alcance de la mano, mientras en el otro extremo, en donde viven los pobres, no hay casi nada y para acceder a aquello que los habitantes requieren deben concurrir a pequeños almacenes de barrio, normalmente más caros, o ir en busca de ello mediante largos y tediosos desplazamientos.
Lo anterior se ha visto agravado por el repliegue planificado del Estado en lo que a proveer los servicios básicos asociados a derechos universales se refiere, como son la salud, la educación, el transporte, el esparcimiento y la cultura, lo que ha significado un incremento sostenido de los viajes que los habitantes de las comunas periféricas deben realizar diariamente para satisfacer sus necesidades básicas y aquello que siendo un derecho universal, en nuestro país se considera un bien de mercado.
Esto ha llevado a que más del 30% de los viajes diarios, se realicen para ir en búsqueda de servicios públicos como salud y educación, servicios que en cualquier ciudad justa debieran estar al alcance de una caminata de no más de 10 a 15 minutos.
En este contexto ha surgido una ciudad dicotómica en donde coexisten sin toparse, el derroche y la escasez; el ocio y la supe explotación; la salud y la enfermedad; las plazas activas, llenas de juegos y vida, por un lado y las áreas cafés y las calles consolidadas como el lugar de esparcimiento de los más pobres, por el otro; el acceso rápido y expedito a todo lo necesario, por un lado y el aislamiento y el abandono, por el otro.
Todo lo anterior ha consolidado la percepción sobre la existencia de una de sociedad profundamente desigual, que se ve fielmente reflejada en una ciudad fragmentada donde unos pocos tienen todo lo necesario y mucho más y la gran mayoría vive en la incertidumbre, con una mala calidad de vida y rodeados de problemas sociales como el desempleo, el alcoholismo, la drogadicción, el micro tráfico, la violencia intrafamiliar y la desesperanza aprendida, que es el inicio de un ciclo en donde la cuna termina definiendo el curso de la vida y muchas veces también, el tipo y la oportunidad de la sepultura.
Ahora bien, si el Estado, a través de las políticas públicas, no es capaz de hacer frente y superar los problemas antes mencionados avanzando de manera decidida hacia la equidad territorial, continuaremos alimentando el desprestigio y la falta de credibilidad de nuestras instituciones y se corre el riesgo de que la violencia se potencie como forma de resolver determinados conflictos y carencias, corriendo el riesgo de orientar el desarrollo de nuestras ciudades por el camino de un sumidero comportamental(1).
Resulta evidente entonces que de no cambiar radicalmente la forma de entender y de abordar la falta de equidad, seguiremos obteniendo resultados idénticos a los obtenidos en estos últimos 30 años y resulta increíble, por lo menos en los días que corren, que el remedio pueda venir desde donde vino la enfermedad.
Daniel Jadue
(1) Sumidero comportamental :En su libro “La Dimensión Oculta”, Edward T. Hall nos entrega luces acerca de las consecuencias potenciales de incrementar significativamente la densidad habitacional de las manadas de ciertos animales, logrando establecer que la falta de espacio vital conlleva un deterioro creciente y progresivo en la interacción entre los distintos componentes de cada grupo social en las especies, llegando a determinar trastornos de importancia en la construcción y en la mantención del hábitat; en el comportamiento sexual, en los niveles de violencia desusada; en las pautas de reproducción, en la distribución de roles y en la organización social.
Publicado en: Cooperativa
agosto 25, 2011 at 21:33 · Temas General
Entrevista en NTN24, jueves 25 de agosto 2011
agosto 8, 2011 at 19:20 · Temas General
El auge del nacionalismo europeo durante el siglo XVIII y XIX, que se consolidó con la formación de la nueva comunidad internacional y el intercambio de misiones diplomáticas entre los estados pontificios, para tratar de inhibir los conflictos internos con una diplomacia incipiente y de carácter preventiva, comenzó a despertar y estimular a los distintos pueblos del mundo para buscar su propia independencia de los imperios que los dominaban, proceso que tuvo su correlato en el mundo árabe que comenzó a buscar la independencia y la emancipación del dominio otomano.
Para ello desarrollaron renovadas relaciones con Occidente que, desde la Revolución Francesa, había puesto nuevamente los ojos en el Próximo Oriente por su ubicación estratégica y a sus riquezas naturales, interesándose de sobre manera en la destrucción del Imperio que en estas condiciones aparecía como el enemigo común a quien destruir.
Al mismo tiempo, surgía al interior de quienes profesaban la religión judía, un movimiento político que alejándose de la religión propiamente tal, que asociaba la reconstrucción del reino de Israel a la llegada del mesías, se proponía secularizar al judaísmo, tomando en manos de hombres de carne y hueso el proyecto divino de la reconstrucción del Reino de Israel, como respuesta a los pogromos de la Rusia Zarista y a la persecución Europea representada de manera esencial por la inquisición, sumado lo anterior a la demora milenaria e intolerable para los racionalistas judíos del tan esperado Mesías.
En este contexto se realizó el Primer Congreso Sionista, en Basilea (Suiza), en 1897, el que a pesar de convocar a representantes de menos del 1% de la judería mundial, estableció como objetivo principal, el establecimiento de un Hogar Nacional Judío en alguna parte del mundo.
Ya en el Cuarto Congreso Sionista definieron que la primera alternativa, entre varias, debía ser Palestina, debido a la ligazón religiosa que podían esgrimir con ese territorio, lo que les brindaría la coartada perfecta para un proyecto que sabían, jamás podría realizarse en paz.
Era un nuevo fundamentalismo que pretendía utilizar excusas religiosas para conseguir fines políticos y económicos, mediante la apropiación de una tierra en la que habían vivido de manera ininterrumpida los descendientes de todos los pueblos que alguna vez habitaron o invadieron la región de Palestina.
Paralelamente, el surgimiento del nuevo orden internacional que marcó el retorno del mundo antiguo a la disputa por las zonas estratégicas del planeta y la decadencia irreversible de los restos del sistema feudal, llevaron al mundo a un incremento de la tensión entre los diferentes modos de organización existentes, los que comenzaron a disputarse, con renovados discursos ideológicos, la influencia sobre los territorios que, desde la antigüedad, habían sido los símbolos privilegiados del poder y la dominación mundial.
La Primera Guerra Mundial fue la cristalización de esta contradicción y los pueblos que vivían bajo dominación imperial aprovecharon la oportunidad para buscar su emancipación inclinándose, antes y durante la guerra, hacia los nuevos estados nacionales que buscaban la destrucción de los imperios y la ampliación de sus áreas de influencia en los territorios, estableciendo con ellos acuerdos secretos para detonar frentes internos que los debilitaran y mermaran de manera significativa su capacidad para defenderse de los embates de este renovado occidente.
En este contexto, la promesa que los británicos hicieron a los dirigentes árabes, en especial a través de la correspondencia mantenida (1915-1916) con Husein Ibn Ali de La Meca, de conceder la independencia de sus territorios tras la guerra, jugó un rol de fundamental importancia para la expulsión definitiva de los turcos de la región, incluida Palestina, entre 1917 y 1918.
Los británicos, sin embargo, no honraron sus promesas y en el mismo período que empeñaban su palabra con los líderes árabes, firmaban, el 2 de noviembre de 1917, la Declaración Balfour, comprometiéndose con la Organización Sionista Mundial a entregarles Palestina para el establecimiento de un hogar nacional judío en su territorio.
Así, sin tener derecho a disponer de una tierra que no le pertenecía y sin consultar los deseos ni considerar los derechos de los pueblos originarios que ahí habitaban, Gran Bretaña se comprometió a garantizar a los sionistas (cuyo apoyo económico necesitaban para mantener el esfuerzo bélico) un “hogar nacional” en Palestina, promesa que fue incorporada de manera unilateral e inconsulta al mandato conferido en 1922 por la Sociedad de Naciones a Gran Bretaña, con el objeto único de acompañar a los palestinos en su proceso a la Independencia.
Este mandato, en todo caso, era fiel reflejo de un tratado secreto, firmado años antes entre Francia, Rusia y Gran Bretaña para dividirse en áreas de influencia la región, asegurando un desarrollo futuro coherente con sus intereses económicos, relacionados con el establecimiento en la región de gobiernos afines a sus intereses y con el dominio y usufructo de sus recursos naturales, por el mayor tiempo posible.
En esta época, la población de Palestina estaba conformada en un 97% por creyentes de religión cristiana y/o musulmana y menos de un 3% de religión judía. Coherentemente, la tenencia de la tierra era, en un 99,5% de religión cristiana o musulmana y en un 0,5% de religión judía y hasta este momento, judíos, cristianos y musulmanes vivían en paz y armonía en el lugar más sagrado del mundo para las tres religiones monoteístas de la humanidad.
No obstante, el proyecto sionista pretendía invadir Palestina y trasladar o exterminar a sus habitantes, para convertir a Palestina en un “Hogar Nacional” exclusivo para los judíos, quienes desde un comienzo rechazaron la idea puesto que contradecía los fundamentos religiosos y vendría a potenciar el antijudaísmo existente, respondiendo al mismo de manera absolutamente equivocada, con la conformación de un gran gueto en Palestina.
Por otra parte, semejante proyecto jamás hubiera visto la luz si no hubiese contado, desde su nacimiento, con el apoyo de las potencias occidentales interesadas en poner sus manos sobre las riquezas del mundo árabe y consolidar una influencia incontrarrestable en el centro geográfico, histórico e ideológico del mundo.
Amparado en la Declaración Balfour, la Organización Sionista Mundial comenzó a trasladar a Palestina, a sionistas de todas partes del mundo, para formar su hogar nacional, que debía nacer sobre la tierra y la sangre del pueblo palestino. Estas inmigraciones conocidas como Alliah, levantaron y difundieron mitos en forma de lemas centrales de cada operación, comenzando por la más famosa y menos cierta de todas: “Un Pueblo sin Tierra para una tierra sin Pueblo”.
Al mismo tiempo, la Sociedad de Las Naciones, organización de carácter internacional nacida de la I Guerra Mundial con el objeto de evitar nuevas conflagraciones y resolver los conflictos por la vía de la negociación, diseñó un sistema de mandatos en el cual un País mandatario (Francia o Gran Bretaña) tomaba una región bajo su tutela para llevarla, en el menor plazo posible y respetando la autodeterminación de sus pueblos, a la Independencia. Fue así como, traicionando el espíritu y la letra del mismo, Gran Bretaña, lejos de velar y promover la independencia de Palestina, impulsó la inmigración ilegal y ayudó a modificar significativamente el statu quo y la forma de vida de la región, sentando las bases del conflicto que hoy conmueve al mundo entero.
Conscientes de su error y ante la evidencia de las nefastas consecuencias de su breve periodo de mandato sobre Palestina, Gran Bretaña intentó, al final de la revuelta árabe de 1936–1939, poner término a la situación y propuso el término de la inmigración ilegal y el establecimiento en Palestina de dos estados, con Jerusalén y sus alrededores como ciudad protegida por el mandato, para extender su dominio sobre la región. Este hecho marcó el término de las relaciones privilegiadas entre Gran Bretaña y el Sionismo, el que sin perder un minuto comenzó a buscar un nuevo aliado incondicional que le asegurara la continuidad de su proyecto y la impunidad ante el macabro plan que tenían diseñado.
En el mismo período Hitler subía al poder en Alemania y el nazismo se convertía en el mejor aliado del movimiento sionista mundial, quienes utilizaron políticamente el holocausto para negociar con la comunidad internacional, cómplice de uno de los crímenes más deleznables de la historia de la humanidad, el establecimiento definitivo de un hogar nacional sobre tierra palestina, lo que se materializaría una vez nacida la nueva organización mundial de estados nacionales.
En 1945 la tenencia de la tierra en manos de los sionistas había pasado de 0,5% en 1920 a un 5% y la población sionista había aumentado de 0% a cerca de un 33%.
No obstante lo anterior, las potencias occidentales, conscientes de la importancia de contar en la región con un estado agente y un estado cliente, estaban decididos a impulsar en Palestina un camino distinto al que los habitantes de la región esperaban; camino que nunca contempló el establecimiento de un estado palestino independiente en Palestina, para los palestinos.
El 29 de noviembre de 1947, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, la recién creada Organización de Naciones Unidas (ONU) que nacía para reemplazar a la fracasada Sociedad de las Naciones, votaban favorablemente la Resolución 181 de Partición de Palestina, entre quienes la habían habitado por las últimas 50 generaciones y los inmigrantes traídos por el sionismo internacional de todas partes del mundo, violando de manera flagrante uno de sus principios fundacionales, el respeto irrestricto a la autodeterminación de los pueblos.
Un 56% de la tierra era destinada a los extranjeros y un 43%, a los palestinos. Jerusalén, que representaba el 1% de Palestina, quedaba como cuerpo separado de ambos estados, como Capital Universal, en virtud de su condición de cuna de las tres grandes religiones monoteístas de la historia.
Ni palestinos ni sionistas aceptaron la partición. Los primeros porque eran sus legítimos dueños. Los segundos, porque el proyecto sionista contemplaba el establecimiento en Medio Oriente del “Eretz Israel”, el Gran Israel, que abarcaba los territorios ubicados entre los ríos Nilo y Éufrates, en un territorio incluso inmensamente superior al que alguna vez hubiera ocupado el antiguo reino de Israel.
De hecho, desde antes de la Guerra de 1948, conocida como Al Nakbah o la Catástrofe, las organizaciones terroristas del Sionismo, tenían preparado el Plan Dalet. Un conjunto de operaciones militares que pretendían provocar el pánico entre la población palestina, cerrar las vías de escape, exterminar a la resistencia que pudiera desarrollarse y ocupar la mayor cantidad posible de territorio para hacer inviable el surgimiento del estado Palestino. Por lo mismo, el 70% de estas operaciones estaban planificadas fuera de los territorios asignados por la ONU a los sionistas, que consiguieron, mediante el mencionado plan, apropiarse de más del 80% de la Palestina histórica, ante la mirada cómplice de las potencias occidentales que veían en Israel un estado agente y cliente que facilitaría el dominio sobre las reservas de petróleo de la región y sobre el centro ideológico del mundo, lo que otorgaría la posibilidad de actuar directa o indirectamente sobre la sensibilidad de millones de personas a lo largo y ancho del mundo.
El armisticio de 1949 terminó con la anexión, por parte de Israel, de la casi totalidad de Palestina y con cerca de 800 mil refugiados/as palestinos/as en los países vecinos, quienes desde el inicio de su exilio han buscado la forma de volver a su territorio.
El primer paso fue enrolarse en los partidos políticos del mundo árabe, los que levantaron la liberación de Palestina como parte fundamental de todos sus programas, tratando de ocultar sus lazos con Occidente, la lejanía y la desconfianza que hasta el día de hoy sienten hacia la causa palestina que ponía y pone en jaque, directa o indirectamente, a todos los gobiernos instalados por el mismo occidente en el mundo árabe, en el proceso de descolonización asistida que ellos mismos digitaron desde sus oficinas en occidente.
Publicado en El Ciudadano
abril 26, 2011 at 10:20 · Temas General
Hace cerca de 63 años en Palestina, los grupos terroristas Haganah e Irgun, convertidos en ejército regular de Israel después de su creación, iniciaron una campaña de limpieza étnica contra la población originaria, solo comparable al Holocausto Nazi.
En pocos días se dispusieron a borrar del mapa y de la historia, cerca de 500 aldeas palestinas, masacrando a gran parte de sus habitantes y paseando a los sobrevivientes, desnudos, en camiones descubiertos, para que fueran apedreados e insultados por inmigrantes traídos de todas partes del mundo por la Organización Sionista Mundial.
La idea era causar terror y hacer huir despavoridos a cerca de un millón de palestinos de sus tierras ancestrales, para crear en su lugar un hogar nacional judío. La apuesta de fondo se resumía en la frase de David Ben-Gurión, quién a pesar de haber nacido en Polonia, afirmaba sin vergüenza alguna que el sionismo debía hacer todo para asegurarse de que los palestinos nunca volvieran, sellando su reflexión confiado en que los viejos morirían y los jóvenes olvidarían.
Este episodio, conocido como Al Nakbah o La Catástrofe, se encuentra ampliamente documentado por historiadores de las más diversas religiones y nacionalidades, incluidos importantes profesores israelíes anti sionistas, que han liderado la corriente de historiadores revisionistas para intentar rendir honor a la verdad y a la justicia, en un país donde la mentira y la injusticia son la esencia de su existencia. Sin embargo, para las autoridades de Israel, este episodio, simplemente debía dejar de existir. Por lo mismo, falsearon la historia, inventando supuestas órdenes masivas de emigración provenientes de los gobiernos árabes de la época, como preparativo para una guerra que nunca existió. Luego se preocuparon de destruir cualquier vestigio de la presencia palestina en Tierra Santa, alterando todo lo que en ella existía.
Como si todo aquello fuera poco, el año recién pasado, el parlamento de Israel, en un nuevo y desesperado intento por borrar del imaginario colectivo esta representativa página de su propia civilización, aprobó una ley que prohíbe, con pena de cárcel, tanto en Israel como en los territorios palestinos ocupados, cualquier manifestación cultural, social o política que pretenda conmemorar o recordar un año más de La Catástrofe.
Esta nueva y elocuente muestra de la crueldad de la ocupación viene a sumarse a las demoliciones de aldeas y viviendas palestinas, a la construcción de asentamientos ilegales, al desvío de los cursos de agua, a los asesinatos selectivos, a la tortura, a la construcción del muro del apartheid israelí y al desprecio más absoluto hacia el derecho internacional, los derechos humanos y los derechos colectivos de los pueblos y le pone la lápida definitiva al mito que plantea que Israel es la única democracia de Medio Oriente, o acaso puede haber algo menos democrático que la prohibición de la memoria.
Afortunadamente, ni la limpieza étnica ni la costumbre de mentir permanentemente han logrado su cometido y mucho menos lo conseguirá esta nueva ley. Han pasado más de seis décadas y los jóvenes palestinos han aprendido de sus mayores, esa capacidad infinita de resistir la infinita crueldad de la ocupación israelí. Han desarrollado de manera admirable, esa capacidad de sobreponerse al dolor para dar continuidad a la vida y no han dejado, ni por un solo día, de transmitir a las nuevas generaciones que lo que hoy conocemos como pueblo palestino, estaba allí antes de que llegara el primer invasor y seguirá estando, mucho después de que se vaya el último.
abril 12, 2011 at 2:50 · Temas General
Cuando más de sesenta mil peruanos residentes en Chile votaron ayer en las elecciones de su país, resulta imposible olvidar la deuda que la derecha chilena mantiene, hasta el día de hoy, con la democracia y la igualdad de derechos en Chile.
De hecho sorprende que, mientras para una mayoría aplastante de los países del mundo, resulta obvio que la ciudadanía comprende la totalidad de los derechos políticos en una nación y que solo se pierde por actos que constituyen delito grave o por traición a la patria, la derecha chilena opta por ponerse del lado de aquellos pocos países que discriminan entre sus ciudadanos, generando ciudadanías de primera y de segunda categoría, por decir lo menos.
Para justificar lo injustificable, se aferran a argumentos que la mayoría de los chilenos rechaza, pero que, gracias al sistema binominal, se convierten en mayoritarios en el parlamento, lo que impide que esa clara mayoría para la cual todos los chilenos somos iguales, se exprese en las leyes que emanan de nuestro cada vez menos respetado Congreso Nacional.
Entre los argumentos que esgrimen, destaca la necesidad de que los chilenos residentes en el extranjero tengan un “vínculo” con Chile para poder acceder a la ciudadanía plena. Lo más increíble, es que se instalan a sí mismos, como jueces del mencionado “vínculo” e intentan poner exigencias con claro sesgo clasista, para otorgar derecho a voto solamente a quienes tienen la posibilidad material de venir cada cierto tiempo a nuestro país.
Habría que preguntarle a nuestra ilustre derecha, si haber nacido en un país distinto al de tus orígenes, porque tus padre o tus abuelos fueron convertidos en extranjeros en su propia tierra, por una dictadura de las más crueles que recuerde la historia, constituye o no un vínculo indisoluble con tu país de origen.
Habría que preguntarle a nuestra ilustre derecha si vivir durante años con la cabeza puesta en chile, pero sin poder volver, por la persecución política, por la falta de medios o incluso por la desconfianza que una salida pactada, como la chilena, genera en quienes sufrieron la persecución y el exilio por culpa directa o complicidad de algunos que hoy lucen como honorables diputados y senadores, constituye o no un vínculo indestructible con Chile.
Habría que preguntarle si optar por quedarse en ese otro país que te acogió y te ofreció plenitud de derechos, cuando en el tuyo la derecha que gobernaba con la dictadura te impedía volver, mientras construía una de las sociedades más desiguales del mundo, puede traducirse en un delito que conlleve la pérdida de ciudadanía.
O será que incluso sin saber, a ciencia cierta, por quién votarían los chilenos residentes en el exterior, la derecha opta una vez más por extender el castigo colectivo que practicara contra sus padres o abuelos en dictadura, solo por pensar distinto, a los hijos y nietos de aquellos a quienes expulsaron, solo para asegurarse de que no puedan tomarse revancha alguna, ni siquiera a través de ese peligroso y democrático trozo de ciudadanía hecho que constituye el voto, en contra de quienes legitimaban y defendían las violaciones a los DDHH de que son víctimas de segunda o tercera generación.
Como sea, la negativa a darle derecho a voto a todos los ciudadanos chilenos es una demostración más de la distancia que la derecha tiene ideológicamente con la democracia plena y la igualdad de deberes y derechos y demuestra que siguen prefiriendo las democracias tuteladas en donde solo tengan derecho y participación política aquellos que, de una u otra manera, siguen siendo hijos de la dictadura.
Publicado en El quinto Poder
abril 7, 2011 at 12:30 · Temas General
La semana recién pasada el Gobierno Regional Metropolitano de Santiago, una vez más, a espaldas de la ciudadanía, pero alineados completamente con los intereses de las grandes inmobiliarias, aprobó la incorporación de 10.000 nuevas Há a las zonas urbanizables de la RM de Santiago, en lo que podría definirse, sin temor a equivoco, como una muestra más de la continuidad de las políticas urbanas que durante 20 años mantuvieron los gobiernos de la Concertación.
Respondieron así, a la furiosa campaña comunicacional y a las públicas presiones, de destacados profesionales neoliberales y de representantes de las grandes inmobiliarias y del sistema financiero, desatadas después del rechazo del mismo, en junio del año pasado. A través de esta campaña, se dedicaron a asustar a la población con el supuesto encarecimiento de los precios del suelo y de las viviendas, si es que éste no era aprobado a la brevedad. Se habló incluso de que ya no quedaban terrenos disponibles para viviendas sociales, llegando incluso a jugar con las expectativas de los más vulnerables
De esta manera, el mercado nos ha impuesto otra de sus profecías auto cumplidas y nos llevará a que la RM llegue a 8 millones de habitantes dispersos en un territorio no planificado que consumirá 10.000 nuevas hectáreas de suelo rural, gran parte del cual ya se encuentra en manos de las mismas inmobiliarias que se la jugaron por la aprobación.
En su desvergonzada campaña, incluso han hablado a nombre de “la gente” y han afirmado que los habitantes futuros de la RM están dispuestos a viajar y pagar más y ver mucho menos a sus familias por vivir en una casa con más terreno y cerca de la naturaleza.
Curiosa tesis que lleva a pensar, a quien no conoce la realidad, que las poblaciones de Pudahuel Sur, Quilicura, Puente Alto, entre otras, hubieran acercado a las familias de nuestra capital a un mejor vivir y a un mayor contacto con la naturaleza.
Lo que estos “expertos” callan, es la gran diferencia que existe entre proyectar y planificar. Mientras el primer término, solo se preocupa de constatar las tendencias sociales y del mercado y tomar decisiones sin cuestionar si estas son buenas o malas, el segundo, aborda las mismas, incorporando otras variables que contemplan aspectos sociales, culturales, políticos y medioambientales, desde una mirada critica.
De esta manera, la planificación intenta ordenar el territorio, hacia un futuro mejor para todos los habitantes, o en su defecto, desechar una decisión que puede contraproducente o cargada de externalidades negativas, que la sociedad no es capaz de asumir y corregir de manera colectiva, cosa que no hace la proyección simple y pura, que se dedica a asumir las tendencias como si estas fueran un hecho irreversible.
Desde 1979, con la Política Nacional de Desarrollo Urbano de la época, en nuestro país solo hemos asistido a procesos de proyección territorial incapaces de cuestionar nada de lo que ha ocurrido durante todo este período. De hecho, hace ya treinta y dos años que el libre mercado nos viene prometiendo una mejor ciudad y sin embargo, la que ha entregado, ofrece una, cada vez, peor calidad de vida a sus habitantes y favorece el centralismo y la concentración de la que tanto se habla pero sin hacer nada para remediarla.
Lo cierto es que el mercado no ha logrado en 33 años construir barrios equipados y de carácter autosuficientes y en cambio, ha extendido una ciudad fragmentada y segmentada en donde coexisten el derroche y la escasez, el ocio y la superexplotación, la salud y la enfermedad, la acumulación y el empobrecimiento paulatino.
Como si fuera poco, en la ciudad del mercado cada porción de territorio posee una oferta de servicios equivalente a la que la demanda puede pagar, existiendo barrios en donde los que más tienen encuentran de todo en oposición a otros en donde los que menos tienen no encuentran nada.
Al mismo tiempo, el valor del suelo ha seguido subiendo y el promedio de viajes diarios por persona se ha más que duplicado, de la mano de las millonarias utilidades de los inversionistas que abogan por más suelo para seguir construyendo una de las ciudades más ineficientes, congestionadas y contaminadas del mundo.
Sería bueno que los Consejeros regionales que votaron por aprobar el nuevo PRMS, le explicaran a la ciudadanía, por qué Santiago habría de seguir creciendo en extensión cuando tiene mucho más de 10.000 HÁ en torno a su centro fundacional, en comunas como Quinta Normal, Lo Prado, Pedro Aguirre Cerda, Recoleta e Independencia, con un nivel de abandono y deterioro inexplicable y que podrían absorber el crecimiento de Santiago en los próximos treinta años, con un inmejorable acceso a infraestructura, servicios básicos y con una disminución significativa del tiempo empleado en desplazamientos que podrían favorecer el desarrollo de todas las familias de nuestra sociedad.
La respuesta que puedo aportar es simple: las utilidades de hacer negocios inmobiliarios en los terrenos de las comunas pericentrales de Santiago son significativamente menores que las obtenidas en aquellos lugares periféricos en donde el valor de la tierra es menor. Como si fuera poco, el margen que los dueños de estos últimos terrenos, lograrán solo por el hecho del cambio de uso de suelo, es un negocio al que pocos logran resistirse.
Llama la atención, por lo mismo, que en todo este debate solo hayan hablado públicamente los expertos en proyección urbana, los especialistas en economía y los representantes de las empresas inmobiliarias, a través del oligopolio de la prensa nacional, en desmedro de la opinión de los planificadores, académicos y dirigentes sociales que, desde el retorno a la democracia, vienen planteando la necesidad de contener e intervenir la ciudad con miras a generar equidad urbana, antes de que esta siga creciendo sin dios ni ley, solo regida por todopoderosa y eterna ley de la oferta y la demanda.
marzo 31, 2011 at 6:25 · Temas General
Cada vez que Stephen Hawking escribe un nuevo libro, en algunos medios de comunicación y principalmente en los más conservadores, se desata un apasionado debate acerca de la posible existencia de dios y sobre si las explicaciones racionales sobre el origen del universo y de la vida avalan o niegan esa posibilidad.
Sin embargo, creo que algunos hechos acontecidos en nuestro país y en el mundo nos indican que la existencia o inexistencia de dios no parece ser el tema fundamental, sino más bien el lugar que, como seres humanos, le asignamos a la fe en la relación que como especie establecemos entre nosotros y con el resto de la naturaleza respectivamente.
De hecho, es verdaderamente sorprendente como la fe, en algunos minutos, es capaz de nublar completamente la razón, hasta convertir lo obvio en algo confuso e inexplicable, permitiendo legitimar la maldad más extrema y convertir en aceptable, conductas completamente reñidas con la ética y la moral socialmente aceptadas.
Un ejemplo claro de esto son los casos de abusos sexuales al interior de algunas iglesias, en donde la fe ciega llevó y lleva, hasta el día de hoy, a muchos jóvenes a tolerar aquello, a pesar de que su propia razón les dice y les decía que era inaceptable. En muchos de estos casos, la fe ciega en quien representa, o al menos dice representar la verdad sagrada y el rechazo que esta, normalmente trata de infundir hacía la crítica racional, terminó por transformar estos crímenes en algo difícil y muchas veces, casi imposible de rechazar, convirtiendo al temor en el poder detrás del poder y a la razón ilustrada, en un elemento sin importancia en la formación de aquellos jóvenes.
Otro ejemplo claro es el que permite a muchos avalar y hasta defender las violaciones a los derechos humanos y la política de exterminio que hace sesenta años, el Estado de Israel practica contra el pueblo palestino, en una completa y total impunidad, porque creen ciegamente que los sionistas, que se autoproclaman descendientes de los hebreos antiguos, son un pueblo “elegido” por dios al cual se le habría obsequiado una tierra en donde no habitaban.
Lo anterior les permite establecer una supuesta diferencia, entre el discurso basado en una raza superior que ofrecía el nazismo a sus seguidores y un discurso que, por estar avalado por una concepción religiosa del universo, parece no admitir cuestionamiento ni rechazo, bajo el riesgo permanente para quien lo intente, de convertirse en antisemita, pasando inmediatamente al lado oscuro de la fuerza.
Lo mismo pasa por ejemplo cuando alguien es capaz de llegar a pensar que bienaventurados son los que sufren y los que tienen hambre y sed de justicia y que después de muertos serán recompensados. O los que asumen, desorientados por una fe, verdaderamente ciega, que alguna guerra, por justa que parezca, puede llegar a ser santa. Lo mismo, cuando alguien se atreve a afirmar que, como especie, podemos destruir la naturaleza, porque ésta solo existe para satisfacer nuestros deseos o que podemos reprimir a los que piensan distinto en nombre de dios y la virgen.
En este contexto, parece que la existencia de dios y el origen del universo, al menos desde mi humilde punto de vista, pierde toda importancia, pero el lugar que le asignamos a la fe, en oposición a la razón, en cómo se conduce la sociedad actual; en cómo nos relacionamos con otros tratando de hacerlos vivir bajo nuestras definiciones y fundamentalmente en cómo se desarrolla el ejercicio del poder y la dominación, se vuelve definitivamente trascendental.
No habrá que sorprenderse entonces, si las religiones, que mediante un uso abusivo de la fe, continúan legitimando de manera indirecta, ocultando o encubriendo, crímenes que la sociedad en su conjunto y en pleno uso de su intelectual colectivo, condena de forma mayoritaria y tajante, siguen perdiendo, paulatinamente, el derecho que se auto asignan, de guiar a la sociedad.
Incluso, no habrá que sorprenderse si, como muchas otras, que duraron incluso varios miles de años más que las que hoy existen, terminan desapareciendo y cayendo en el reducto, casi siempre implacable, de la historia.
marzo 22, 2011 at 9:10 · Temas General
“A lo mejor no todos reciban bien el mansaje del presidente de EEUU” fueron algunas de las palabras con las que el canciller de nuestro país se refirió a la decisión de Obama, de actualizar la Alianza Para el Progreso que Keneddy lanzó en 1961, como una forma de encubrir la más nefasta intervención que Latinoamérica recuerde en su corta vida de naciones semi independientes.
En esta oportunidad, el Canciller no se equivoca y no puede ser de otra manera. Es que solo la extrema derecha y aquellos que no habían nacido y que jamás han leído algún libro de historia seria, podrían recibir bien, un mensaje de esta naturaleza.
Baste recordar los efectos del Plan que se pretende actualizar, que terminó instalando en nuestro continente, las dictaduras militares más crueles de nuestra historia, solo con el afán de impedir que nuestros pueblos pudieran buscar un desarrollo distinto al que el gran gendarme mundial tenía previsto para nosotros: constituirnos en un espacio de libre comercio y explotación para sus empresas transnacionales, desde el polo norte al polo sur.
Quién podría mirar bien un actualización de un Plan que, a pesar de su nombre, lo que menos trajo fue progreso para los pueblos latinoamericanos y que, muy por el contrario, terminó por condenar a los sobrevivientes de sus asesinos a sueldo, a vivir en un continente que se ha convertido en símbolo mundial de la desigualdad y la desesperanza aprendida, donde coexisten casi sin conocerse, la riqueza y la pobreza extrema, la salud y la enfermedad, el derroche y la escasez, el ocio casi permanente y la super explotación, el prohibido microtráfico de subsistencia y el exclusivo y seguro mercado de las drogas.
Quién podría mirar bien una actualización de un Plan, que entregó millones de dólares para intervenir y controlar nuestras elecciones, financiando de manera generosa y grosera a partidos, personas y medios de comunicación que se comprometieran a detener, por todos los medios posibles, incluido la tortura, el asesinato, los castigos colectivos y la desaparición forzosa y el engaño, por supuesto, cualquier intento de sus propios pueblos por salirse un milímetro del plan.
Me imagino, sin embargo, que aún hay quienes pueden mirar bien esta propuesta indecente con la que nos visita el presidente Obama. No dudo, tampoco, que deben ser los mismos que durante el plan original se prestaron para recibir dineros de EEUU con el fin de alterar la voluntad popular. Los mismos que luego lo recibieron para desestabilizar gobiernos democráticamente elegidos, mientras gritaban el nombre de Libertad. Los mismos que una vez instaladas las dictaduras recorrieron el mundo defendiéndola y diciendo que no había otra posibilidad. Los mismos que, finalmente, negaron durante años las violaciones a los DDHH.
No nos quedará otra que volver a desconfiar de manera anticipada y sistemática de quienes desean recorrer el mismo camino, justo cuando nuestros pueblos comienzan, de nuevo, a despertar y a caminar con valentía por caminos que solo nosotros debemos definir.
No hay que olvidar que las expectativas que algunos se hicieron con la llegada de Obama al gobierno en EEUU, se han vuelto humo ante la evidencia de que entre republicanos y demócratas no hay ni habrá diferencias significativas, cuando de la necesidad de reactivar su economía se trate, y que para ello no trepidarán en inventar guerras, instalar dictaduras, sostener ocupaciones extranjeras y amparar criminales, mientras se comprometan a estar dispuestos, siempre y en todo lugar, a echar una mano desinteresada para reactivar su economía a través del control de sus recursos naturales y la activación cíclica de sus transnacionales de muerte y destrucción, siempre a cambio, por supuesto, de otra desinteresada recompensa.
marzo 7, 2011 at 7:23 · Temas General

Para nadie es secreto que la reconstrucción está atrasada y que como en muchas otras esferas, una cosa es lo que el gobierno dice y otra lo que hace. Lamentablemente, la Alianza no ha podido ni ha sabido cómo convertir en acciones concretas sus inmejorables intenciones y no ha perdido oportunidad de equivocarse debido al sobre ideologizado discurso sobre el cual ha cimentado su accionar y al desconocimiento soberano que manifiestan sobre el aparato del Estado. En este escenario, algunas de sus autoridades y voceros no han dudado y han insistido en engañar a la población, conscientes de que lo único importante es la imagen y que no importa lo que hagas, solo importa lo que comuniques.
Sin duda el error más costoso ha sido el desprecio evidente por la sociedad civil, que ha tenido poca o nula participación en la reconstrucción, gracias a un gobierno que no confía en la gente ni en sus organizaciones sociales y mucho menos en las capacidades que los mismos habitantes tienen para asumir el protagonismo en la reconstrucción de sus propias vidas.
Como contrapartida, se insiste en sobrevalorar al sector privado que, no solo, no ha dado el ancho para acompañar al gobierno en las tareas urgentes de la reconstrucción, sino que además ha puesto sus mezquinos intereses muy por sobre las necesidades de las y los damnificados, a los largo de Chile. Un ejemplo claro de esto es el incremento significativo de los precios de los materiales de construcción en las cadenas que se repartieron la torta una vez iniciada la reconstrucción.
De lo anterior surge otro error casi imperdonable, si se toma en consideración todas las promesas sobre eficiencia y eficacia que la nueva forma de gobernar prometió en campaña: haber alojado el proceso de reconstrucción dentro de la arquitectura institucional y de las funciones permanentes del aparato del estado, sin reconocer el sentido de urgencia que este tenía, lo que los llevó a ignorar la posibilidad de crear una Agencia Especial para tales efectos, que no tuviera que lidiar con el aparato del estado y con sus procedimientos para sacar adelante la reconstrucción por la que claman nuestros compatriotas ante un Estado que se ha revelado verdaderamente inoperante.
Es que ante un evidente desconocimiento del aparato del estado, de su cultura y de sus procedimientos el gobierno solo apostó a remediar la falta de dinamismo estatal cambiando funcionarios a diestra y siniestra, mostrando un desprecio casi absoluto por los funcionarios públicos, que lo llevó a iniciar una guerra frontal contra todos aquellos funcionarios que no eran de su absoluta confianza.
Lo anterior detonó más de un conflicto innecesario y llevó al gobierno a prescindir, voluntariamente, del conocimiento acumulado sobre cómo se hacen las cosas en el aparato del estado, reemplazándolos, no pocas veces, por jóvenes inexpertos que tensionaron las estructuras administrativas hasta hacerlas colapsar ante la velocidad que la nueva forma de gobernar quería adoptar en un aparato, de por sí lento y burocrático y que carece de incentivos adecuados para la innovación y el riesgo.
Lo anterior dejó en evidencia que el nuevo gobierno jamás entendió que la cultura de las Empresas Privadas, en las cuales el Presidente y la mayoría de sus ministros han ganado todas sus cartas credenciales y donde solo basta una orden de los “dueños” o de los “gerentes” para hacer que las cosas pasen, no funciona ni se ajusta a la cultura organizacional del aparato del estado, lo que llevó a varias de las autoridades a ofrecer y comprometerse, no pocas veces a costa de la fe pública, a cosas que difícilmente se pueden conseguir con la misma institucionalidad con la que se gobierna en tiempos de normalidad.
En este contexto es que se hace urgente una profunda y humilde reflexión acerca del camino tomado, para realizar los virajes que puedan convertir la reconstrucción en una verdadera prioridad nacional, alejando al gobierno de la arrogancia y la prepotencia con que ha gobernado en su primer año, en donde claramente ha estado más preocupado de terminar de destruir lo restos de una Concertación casi inexistente, que de resolver los problemas urgentes y cotidianos de sus ciudadanos.
Finalmente, se es lo que se hace, no lo que se dice.
marzo 1, 2011 at 21:14 · Temas General
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