diciembre 31, 2010 at 18:31 · Temas General
He querido escribir acerca de las fiestas de fin de año, incluso a pesar del riesgo de ser tildado de amargado o de grave, debido al rol que las mismas juegan de manera no consciente, según mi parecer, en la matención de las cosas tal como están o como son. Mi opinión sin embargo, no disminuye el respeto que siento por aquellos para quienes las mismas están repletas de sentido y significado.
Me resulta increíble, sin embargo, que como cultura nos mantengamos, al igual que hace miles de años, petrificados por nuestro temor a asumir la historia y convertirnos en protagonistas de la misma. En estas fechas lo que más escuchamos es: “lo único que quiero es que termine este año que ha sido horrible”; o “seguro que el próximo será mejor”; “Ojalá que se acabe la mala racha”, “ahora si que si, este año se me cumplirán todos mis deseos”, “ojalá que se te cumplan todos los tuyos”, “este año cerraré los círculos que he dejado abiertos y terminaré todas mis cosas pendientes”.
Efectivamente, todos o una mayoría aplastante de la humanidad actual, siguen atrapados en la dualidad, aun no superada, entre el historicismo moderno, con su tiempo lineal, y el mito del eterno retorno, perteneciente a las culturas y sociedades arcaicas y teológicas, con su tiempo cíclico y repetitivo.
La primera concepción nos invita a sumir la historia como un tiempo concreto y por lo mismo, nos invita a construirla. La segunda nos invita a rebelarnos contra el tiempo concreto, abolir la historia y el tiempo pasado y a desarrollar un retorno periódico al origen, practicando la repetición del acto creador, como una forma de volver a nacer; como una forma de que todo vuelva a nacer; como una forma de partir de cero; de cumplir esta vez con nuestras propias metas y poder zafarnos de nuestros propios designios y de nuestras profecías auto cumplidas.
El tiempo, los objetos y los actos mismos de la humanidad aparecen entonces como un receptáculo de una fuerza extraña que lo diferencia de su medio y le confiere sentido y valor independiente del espacio geográfico y del mismo tiempo.
En todas partes existe la concepción del fin y del comienzo de un periodo temporal, fundada en la observación de los ritmos biocósmicos, que se encuadran en un sistema más vasto, pero interpretado, de creencias en purificaciones periódicas o de expulsión anual de los demonios y de regeneración de la vida. Su origen se encuentra en la gran revolución que significó para la humanidad el descubrimiento colosal de la agricultura. El descubrimiento de la vida despues de la muerte, siempre presente en la natualeza.
De ahi que, para algunos, fuera como si la vida misma se renovara; como si se buscara la regeneración después del caos y del sufrimiento que lo caracteriza; como un anhelo que nos permite, de una u otra manera, soportar ese mismo sufrimiento, esas angustias y privaciones; repitiendo todos los años en cada nuevo año: “Este año será distinto. Todo será mejor”
Ello, según algunos, mantiene la esperanza de los creyentes y de algunos que no lo son tanto, en que alguna deidad o fuerza sobrenatural vendrá en su auxilio y podrán superar su miseria y sus propias limitaciones.
La gran noche de Año Nuevo, por último, nos iguala a todos, como en las fiestas orgiásticas de los pueblos primitivos en donde desaparecen, por un breve periodo de caos que, como siempre, antecede al acto creador, todas las diferencias sociales, reconstruyéndose la unidad primordial en donde todos los límites, los perfiles y las distancias sociales resultan imperceptibles.
Así, le dejamos a nuestros dioses, a nuestros muertos, al nuevo acto creador o a la suerte, nuestros destinos y los de nuestras familias. Es como abolir el tiempo y por supuesto abolir el periodo precedente, con todos sus males y su sufrimiento. Es como revelarse contra la historia y no permitirle ejercer sobre la conciencia humana, su corrosiva acción, consistente en la revelación de la irreversibilidad de los acontecimientos.
Al negarnos a aceptar la historia y valorarla como tal, nada podemos hacer, o al menos de eso nos convencemos, contra las catástrofes cósmicas, contra los desastres naturales, contra las invasiones militares y las injusticias sociales, vinculadas a la naturaleza, las primeras y a la estructura misma de la sociedad y ala naturaleza humana, las segundas.
Ello conlleva una concepción macabra que asume de una u otra manera la normalidad del sufrimiento, porque es parte de esa repetición del caos que precede al acto creador con el que todo vuelve a partir… desde cero.
Es parte de esa esperanza de que todo, esta vez, será mejor que el año que se va. Con esta concepción otorgamos, muchas veces, sentido a nuestro padecimiento, por su carácter sobrenatural, cósmico o divino. Así llegamos también a pensar: ¿para qué sirve soñar un mundo mejor si lo que vivimos es lo que hay y nada de lo que nosotros hagamos lo podrá cambiar?
Los conservadores más audaces se atreven incluso a ensalzar el sufrimiento y repetir frases llenas de ideologías perversas como aquellas que plantean que “bienaventurados son los que sufren”, que “bienaventurados son los que tienen hambre y sed de justicia”, para añadir después, que ellos, luego de su propia muerte, serán saciados o recompensados. Otros nos invitan a abrazar la guerra santa para liberarnos del mal y combatir a los pueblos elegidos que ostentan el derecho de asesinar.
Nos debemos olvidar que estos y otros discursos que pretenden consolidar, cada uno, su respectiva contemporaneidad, han sido inventados por elites religiosas o políticas indisolublemente ligadas al poder y a la dominación de clase, para validar e incluso terminar legitimando la pobreza y el sufrimiento de las mayorías que permiten y sustentan las riquezas y privilegios de las minorías.
Ante esta inevitabilidad del sufrimiento solo queda resignarse e intentar comunicarse con aquellos de los que depende el mismo, rezando y suplicando que nuestra desdicha desaparezca… el año que se inicia; como si nada más pudiéramos hacer para resolver nuestros problemas.
Lo peor incluso es que algunos llegan a convencerse de que sufrimiento es culpa de sus propios comportamientos y de su forma de vida, sin siquiera reconocer aquellos dramas que son producto del sistema social imperante y de las decisiones y actos premeditados de sus castas dominantes que se empeñan en mantener estas creencias para deslindar responsabilidades sobre la paupérrima situación de las mayorías.
Ellas por su parte, practican el arrepentimiento, la resignación y la reflexión superflua, llena de lugares comunes, como aquellos que plantean que si las cosas pasan por algo será, o como otros que agradecen a dios por cualquier cosa positiva que les suceda, sin importar los sacrificios e inversiones que estas mismas cosas hayan significado. Pareciera ser que este arrepentimiento opera como la única herramienta para espantar los malos designios, como si el pecado fuera la causa última de los propios padecimientos y no la realidad concreta, con su tiempo histórico, también concreto, con sus leyes hechas a la medida de las minorías dominantes, con sus carceles convertidas en infierno y sus minas llena de oro y cobre inaccesible para quienes las trabajan.
Qué podrían significar en el cuadro de semejante existencia el “padecimiento” y el “dolor”? En ningún caso una experiencia desprovista de sentido, que el ser humano no pueda soportar en la medida que es inevitable, como lo son, por ejemplo, las inclemencias del clima.
Cualesquiera fuesen la naturaleza y la causa aparente, el padecimiento del pueblo tiene sentido porque responde a un orden cuyo valor no es mayoritariamente socializado ni discutido y que instala el dolor y el sufrimiento como una experiencia de contenido espiritual positivo, dotándolos incluso de características salvadoras.
Así, los terremotos, las sequías, las inundaciones, las tempestades, las invasiones, la esclavitud, la humillación o las injusticias sociales como los sueldos bajos o la falta de una educación de calidad, o la inexistencia de un derecho igualitario a la salud y a la vivienda, son soportados precisamente porque no parecen gratuitos ni arbitrarios, son una precondición para la salvación de las almas después de muerta la carne.
Por lo mismo, las nuevas generaciones educadas en el postmodernismo y en la difundida crisis de las utopías, convencidas de la normalidad y de la inevitabilidad del sufrimiento y con el ejemplo vivo de sus padres y de sus familias, no tienen la vista puesta en ningún horizonte.
Han perdido la esperanza en un futuro mejor, sobre todo ahora que las utopías permanecen en estado latente desde que fuera determinada la muerte de la modernidad.
No poseen sueños y su existencia carece de sentido y significado y ante eso nada mejor que vivir el momento con un sentido profundamente hedonista, con todo lo que ello tiene de desechable y de adictivo.
Nada mejor que profundizar la celebración y protagonizar todos los excesos posibles, no solo en año nuevo sino que en cada nuevo día que se pueda, porque la celebración y el carrete es el único satisfactor y el único espacio de contención para sus desdichas todopoderosas y eternas, que no encuentran respuestas en una sociedad cada vez más carente de normas y de espacios de contención colectivos y sociales que permitan a los individuos resolver sus problemas cotidianos, sometiéndolos al estrés y la angustia de la incertidumbre y del no comprender.
Luego, esos mismos jóvenes son criticados por su liviandad, por su no estar ni ahí, como si ellos fueran producto de ellos mismos y no de la sociedad que los educa con todos sus traumas, sus tabúes y sus creencias arcaicas.
En este contexto, resulta normal y patético a la vez, que quizá muchos piensen que en este nuevo año si encontrarán trabajo quienes llevan 15 nuevos años viviendo en cesantía o en trabajos precarios y mal remunerados.
Que este año si haremos la reforma a la educación que la mayoría de la población quería y que no salió el año anterior porque se impusieron los valores y dictámenes de los tecnócratas neoliberales.
O que de verdad, este año … este años si que si, transformaremos al antojo de las mayorías el sistema de pensiones o el sistema electoral, única y exclusivamente porque la celebración del nuevo año trae mejores perspectivas y sueños renovados de un mundo mejor que debe ser producto de alguna fuerza sobrenatural que nos gobierna.
Tambien más de alguien pensará o soñará que este año se acabarán los abusos y la corrupción. Que este año dejarán de robarse la plata algunos de los que ostentan cargos de poder social. O que este año tendremos por fin… una derecha democrática, respetuosa de los derechos humanos y de las libertades que no se pueden comprar.
En este contexto, de supremacía del pensamiento mágico, como común denominador de nuestra era, resulta normal que algunos hallan otorgado a la muerte de determinados personajes como Saddam o Pinochet, sobretodo cuando sucedieron en las cercanías de las mal llamadas fiestas de fin de año, un sentido de celebración por la expulsión de los demonios y piensen que a través de estos hechos, fortuitos o planificados, por quienes detentan el poder, habríamos superados los padecimientos y nos habríamos reencontrado, o lo habrían hecho los irakíes, en el nuevo tiempo que estaba por nacer.
Claro está que ni el asesinato de Saddam trajo mayor democracia ni respeto a los Derechos Humanos en Irak, porque se ha demostrado que quienes destruyeron su dictadura implacable y feroz no son mejores ni peores que él y que tampoco la muerte de Pinochet, ni el año nuevo que lo siguió trajo más democracia para Chile, ni ayudó a materializar las transformaciones que hace veinte nuevos años esperamos los chilenos.
De hecho, no fue ni será la expulsión de estos ni de otros demonios, ni la llegada de los años nuevos que vengan lo que nos permitirá cumplir nuestros sueños y vencer nuestros padecimientos, ya que solo el incremento de la conciencia acerca de nuestra propia e intransferible capacidad transformadora de la realidad, para la satisfacción de nuestras propias necesidades, sumado al compromiso, a la unidad y a la organización de quienes soñamos ese mundo mejor y a la movilización social para cambiar el actual estado de cosas y construir una sociedad más justa y solidaria para todos y todas es finalmente nuestra única salvación.
Publicado en: G80
diciembre 18, 2010 at 11:42 · Temas General

En los últimos días hemos visto resurgir con fuerza en nuestro país la discusión acerca de la posición chilena respecto de la Cuestión de Palestina. En esta oportunidad, la discusión gira en torno a la posibilidad de que nuestro país reconozca al Estado de Palestina, dentro de las fronteras anteriores a la guerra de 1967, incorporando a Jerusalén como Capital de dicho Estado, como lo han hecho en las últimas semanas países hermanos como Brasil y Argentina, mientras otros preparan sus argumentos para sumarse a la iniciativa.
Por su puesto, en nuestro país, la sola posibilidad de que haya un reconocimiento de esta naturaleza ha hecho que los enemigos de la paz salgan raudos a implementar una campaña para impedir que el gobierno de Chile avance en esa dirección, argumentando que las decisiones unilaterales no contribuyen a la solución del conflicto y que la paz solo puede llegar mediante negociaciones entre las partes.
Quienes han liderado esta campaña, entre ellos el presidente de los sionistas en Chile, Gabriel Zaliasnick, olvidan a propósito, que la Autoridad Nacional Palestina se ha comprometido con negociaciones para alcanzar la paz por las últimas dos décadas y hoy se encuentra atrapada en un marco que no ha logrado poner fin a la ocupación sino que ha terminado consolidándola.
En el otro extremo, el gobierno israelí, sigue cómodamente con su política de colonización de los territorios ocupados y a pesar de que en los compromisos iniciales del proceso de paz, estaban el congelamiento de los asentamientos ilegales y la eliminación de los obstáculos a la libertad de movimiento de los palestinos en Palestina, hoy existen tres veces más asentamientos ilegales que en el inicio del proceso y casi cuatro veces más puestos de control que hacen insoportable la vida de los palestinos, convirtiéndolos en extranjeros en su propia tierra, sin considerar la construcción del muro del apartheid que ha separado a miles de familias y ha arrasado y tornado inservibles, las mejores tierras agrícolas dentro de los territorios ocupados.
Como si fuera poco, la política de colonización ha sido complementada en estos 18 años de supuestas negociaciones, de manera perfecta por el ocupante, con la continuidad de la política de exterminio físico y político del pueblo palestino mediante masacres como la de Gaza y la de Nablus, llegando incluso a asesinar, impunemente también, a aquellos que no siendo palestinos, han desarrollado acciones legítimas de solidaridad internacional como fue el caso de la flotilla de la libertad.
Qué persiguen entonces quienes llaman a no reconocer a Palestina en las fronteras anteriores a la guerra de 1967 y con Jerusalén por Capital?
Buscan solamente dar más tiempo a Israel para continuar con la destrucción de los barrios árabes en Jerusalén, hasta borrar de la memoria colectiva todo vestigio de la milenaria presencia palestina.
Buscan solamente dar tiempo a la ocupación para seguir avanzando sobre los territorios ocupados y desarrollando su genocidio impunemente, mientras las mal llamadas negociaciones, eternamente estancadas debido a la nula voluntad de Israel y a la complicidad de la comunidad internacional, no arrojan resultado positivo alguno y generan el marco casi perfecto para que Israel continúe desoyendo el Derecho internacional y las Resoluciones de Naciones Unidas al respecto, mientras demuestra un absoluto desprecio por los derechos humanos y los derechos colectivos de los palestinos, que permanecen a la espera de “destrabar las negociaciones”.
En este contexto, reconocer al estado de palestina sin mencionar las fronteras anteriores a 1967 y a Jerusalén Oriental como Capital de Palestina, solo sería entregar un cheque en blanco a Israel para la continuidad de su política y entregaría a los palestinos y a sus descendientes de nacionalidad chilena, la señal de que a nuestro gobierno solo le interesa la imagen pero no la paz y que le da lo mismo que el estado palestino independiente y soberano, que sin duda nacerá, se establezca en el 22, en el 18, en el 10 o en el 5% de la Palestina histórica y por tanto, que siente un desprecio absoluto por el derecho internacional y por el destino de un pueblo que sufre y resiste una ocupación ilegal y cruel, por ya mas de 43 años.
En este mismo sentido quisiera destacar la Declaración hecha por Daniel Silber, presidente de la Federación de Entidades Culturales Judías de Argentina quien frente al Reconocimiento que Argentina diera al Estado de Palestina en las fronteras anteriores a la guerra de 1967 expresó lo siguiente:
“nosotros saludamos el reconocimiento del Estado Palestino que hizo la argentina. Desde la misma fundación del Estado de Israel, nosotros venimos reivindicando la existencia de dos Estados (el judío y el Palestino) libres, democráticos, independientes y soberanos. La actitud argentina nos parece un pasito más en el concierto internacional para que se logre el pleno reconocimiento del estado Palestino”.
Esta es la actitud de los judíos, cristianos y musulmanes que verdaderamente desean la paz en la región y esperamos que este y no otro sea el espíritu que anime al Gobierno de Chile en este minuto histórico, en donde una parte de la comunidad internacional, y especialmente nuestros hermanos latinoamericanos, ha sentido que ha llegado el momento de poner en igualdad de condiciones a las partes en conflicto, para que la negociación pueda legar a feliz término, ya que si seguimos haciendo las cosas de la misma manera que en los últimos 18 años, seguramente seguiremos obteniendo los mismos nefastos resultados.
De no ser así, nadie podrá juzgar si al interior del pueblo palestino comienzan a fortalecerse las posiciones de quienes plantean que el pueblo Palestino debe buscar su libertad a través de cualquier vía que se encuentre disponible.
diciembre 16, 2010 at 12:33 · Temas General

[ Foto: Maulon! | Licencia CC ]
La nueva política habitacional del gobierno significa un enorme retroceso a los tímidos e insuficientes avances que en materia de vivienda y justicia social significaron los gobiernos de la concertación.
La eliminación del subsidio de localización para la vivienda social, que representaba un tímido esfuerzo por integrar a los distintos segmentos sociales, permitiendo que las viviendas para los sectores carenciados se ubicaran en barrios con valores de suelo más caro que los máximos admitidos para la misma, volverá a condenar a los sectores más vulnerables de nuestra sociedad a ser instalados en periferias cada día más lejanas y carentes de todo el equipamiento y la infraestructura necesaria para un desarrollo humano integral y una calidad de vida aceptable.
Se consagra asi el retorno a las políticas habitacionales y urbanas de la dictadura que soñaba, según reza el texto de la PNUD de 1979, con la constitución de barrios homogéneos en donde los ricos vivirían rodeados de ricos y los pobres, de pobres, acrecentando la segmentación urbana y eternizando la fragmentación social.
Se percibe en el subtexto de la determinación del gobierno, una alineación estratégica con las demandas de los grupos inmobiliarios que, a través de la prensa oficial, han iniciado una nueva y brutal campaña de desinformación para intentar presionar al gobierno regional, para que apruebe la modificación del Plan Regulador Metropolitano de Santiago, rechazado hace pocos meses en la misma instancia, que pretende incorporar al suelo urbano de la región metropolitana mas de 10.000 nuevas hectáreas argumentando que ya no existen suelos para vivienda social ni para los sectores medios, mientras el centro y el pericentro de nuestra capital, que representa mas del doble de las hectáreas en discusión, sigue deteriorándose y vaciándose de habitantes.
De esta manera, entre las políticas del gobierno que condenarán a los más pobres a vivir cada vez más lejos del trabajo, del estudio, de la salud, de la cultura y de la entretención sana y los intereses de los grupos inmobiliarios que no toleran hacer negocios con márgenes de utilidad razonables y beneficiosos para la sociedad toda y no solo para ellos, asistiremos a la consolidación de esa ciudad dicotómica con la que sueñan algunos, en donde coexistan sin toparse ni conocerse el derroche y la escasez; la salud y la enfermedad; el ocio y la superexplotación; la educación para los ricos y la educación para los pobres; el consumo de drogas seguro y costoso y el microtráfico y las riñas de bandas y pandillas que pretenderán asegurar la oferta de “mercancía” a quienes demandan y mercadean en las zonas adineradas, por supuesto sin peligro ni problemas con la justicia.
Así, mantendremos “condenados” a estos últimos a ser gerentes o mandos medios de grandes empresas y emprendedores y a los primeros, a ser la mano de obra barata de los segundos.
Seguramente las futuras cárceles concesionadas se seguirán llenando de aquellos que provienen de los barrios periféricos, en donde seguirá campeando el microtráfico, el alcoholismo,la drogadicción, la violencia intrafamiliar y el desempleo, mientras en los sectores pudientes se seguirá defendiendo a la familia y la seguridad ciudadana con más muros y más rejas, con más oficiales tentándose con el negocio para asegurar el statu quo y los privilegios de quienes más tienen, mediante leyes que estigmatizarán a los postergados y criminalizarán, endureciendo cada vez más las penas, la protesta social y la desesperanza aprendida.
Cada cierto tiempo veremos que unos cuantos de ellos morirán quemados en alguna cárcel concesionada o del estado, o enterrados en alguna mina, o desaparecidos luego de haber sido detenidos mientras un carabinero que sabe que posee permiso para matar y el monopolio de las armas y la violencia legal, impunemente dirá, “y si lo mato no más, total, otro detenido desaparecido, que más da?
Publicado en: El Quinto Poder | El Mostrador
diciembre 7, 2010 at 22:13 · Temas General

[ Foto: Sin título | Todos nuestros muertos | Licencia CC ]
Definitivamente con la llegada del nuevo gobierno, la figura del enemigo interno ha vuelto a convertirse en protagonista principal de la filosofía que rige el comportamiento del ministerio del interior y de las fuerzas de orden y seguridad en nuestro país.
Esto demuestra que a pesar de todos los esfuerzos que supuestamente hicieron los gobiernos de la Concertación, no siempre honestos por cierto, por volver a generar confianza entre la sociedad civil y sus instituciones armadas, estas siguen siendo, en esencia, las mismas de la dictadura y siguen asumiendo el rol de instrumento de dominación de clase, como huella indeleble de su código genético.
No es coincidencia por cierto que este retorno a su esencia se de en el marco del actual gobierno, la derecha siempre ha sido partidaria de las sociedades militarizadas con el objeto de inhibir toda resistencia al aumento permanente de la tasa de ganancia de sus lucrativos negocios. Por lo mismo, hoy la doctrina de seguridad nacional resucita, desde los sucios cajones de los sectores más conservadores y autoritarios de nuestro país y el compromiso prioritario con el modelo económico y no con la sociedad a la debieran defender, es lo que vuelve a caracterizar a nuestras fuerzas armadas y de seguridad.
Las imágenes que hemos visto en estos días de carabineros atacando y golpeando de manera brutal, enfermiza y sin razón a manifestantes pacíficos de nuestros pueblos originarios en Isla de Pacua se suman a los montajes, a la represión brutal y a los infiltrados en las marchas con el fin de crear desordenes y justificar la represión y muestran de cuerpo entero a una policía llena de odio, que solo se entiende a si misma como un instrumento para reprimir y aniquilar cualquier intento, de cualquier grupo social, de generar cambios al sistema impuesto a sangre y fuego por la dictadura militar.
Queda claro , sin embargo, que la decisión de criminalizar la protesta social es una decisión que viene de los más alto de las esferas de gobierno, por lo que la búsqueda de responsabilidades por los abusos de poder a los que estamos asistiendo a diario, no deben agotarse en los uniformados que ejecutan directamente las acciones. Estas deben encontrarse fundamentalmente en el Ministerio del Interior y su nueva política de tolerancia cero hacia la resistencia al modelo y la protesta social. Esta es en definitiva la nueva forma de gobernar.
Que nadie se sorprenda entonces cuando volvamos a ver en la calle a, cada día, más miembros de nuestra sociedad, de nuestros pueblos originarios, de nuestros jóvenes, trabajadores y estudiantes, protestando y enfrentándose a carabineros como si fueran enemigos, pues la definición nace de la actitud del gobierno, de tratarnos de la misma manera como lo hiciera la dictadura, lo que constituye una señal demasiado elocuente para no entenderla.
En este contexto, vanos resultarán los intentos por invitar a más gente a incorporarse a la política bajo los criterios, supuestamente democráticos, de quienes violan a diario nuestros derechos fundamentales y cuando la realidad dice que no es posible confiar en algunas autoridades, dispuestas a todo para proteger al modelo que ellos imponen, de quienes se atreven a soñar una sociedad mejor y buscan construirla mediante la resistencia pacífica, la movilización social o la lucha callejera.
Será tarea de un futuro gobierno, verdaderamente democrático y alternativo a este modelo de crecimiento sin desarrollo, asumir nuevamente el desafío de profesionalizar a las fuerzas armadas, de orden y seguridad que no son ni deben ser un fin en si mismo, ni un instrumento de dominación de una clase sobre otra, y mucho menos, los perros cancerberos de un modelo económico que la mayoría del país comienza a rechazar.
Recuperar para Chile a sus fuerzas de orden y seguridad sigue siendo, a la luz de los acontecimientos, una necesidad urgente e impostergable. No vayamos a tener que arrepentirnos nuevamente de alguna víctima asesinada por el delito, intolerable para la derecha, de pensar distinto y soñar con un mundo mejor para todos y todas.
Publicado en: El Quinto Poder | El Mostrador | El Ciudadano