Una buena noticia ha sorprendido esta semana a todos quienes nos consideramos de izquierda y estamos comprometidos con trabajar por la unidad de la misma para ser una alternativa real al sistema político y económico vigente en nuestro país.
Luego de tres años de casi nula comunicación y de campañas mutuas de desprestigio y acusaciones de traición entre direcciones políticas y militantes de base, de las que eran fuerzas principales de la izquierda reconstituída, nos hemos enterado, por los medios de comunicación, de nuevas conversaciones entre el Partido Comunista, el Partido Humanistas y la Izquierda Cristiana para relanzar el pacto que tan buenos dividendos diera en las elecciones de concejales y alcaldes del año 2004 y en las legislativas del año 2005.
Atrás comienzan a quedar esos días en que pensar distinto, dentro del pacto, era penado con el estigma de traidor o de vendido. Atrás quedan esos días en que unos y otros se sentían dueños de la decisión política del pacto y trataban, por todos los medios disponibles, de imponer a los otros su visión de la realidad y su camino. Atrás queda aquel tiempo en que, en vez de aprovechar nuestras legítimas diferencias para ampliar nuestra base de sustentación y constituirnos en fiel reflejo de la sociedad que decimos querer construir, optamos por intentar eliminarlas al punto de aniquilar políticamente a quienes pensaran distinto.
Afortunadamente la dinámica de la realidad política impone decisiones que la falta de madurez política hace imposible.
Ante la necesidad de enfrentar, de nuevo de manera unitaria, los desafíos electorales que se avecinan, los líderes de los partidos han decidido dejar en el pasado sus diferencias tácticas para una vez más centrarse en la estrategia de consolidación de todo y de cualquier avance que, como izquierda, podamos lograr para hacer saltar los candados de la exclusión y evitar así la profundización del modelo que otro gobierno de la Concertación o uno nuevo de la Derecha, mediante la aun vigente política de los acuerdos y de los consensos, pueden ofrecer a nuestro pueblo como única solución a los problemas que, incluso en años de vacas gordas, continúan aquejando a las grandes mayorías de chilenos.
Lamentablemente no todo podrá quedar en el pasado. Nada borrara el tiempo perdido, las confianzas destruidas, las amistades empeñadas y la pérdida de credibilidad e inserción en la base social.
Nada podrá borrar el vacío y la sensación de derrota que tres años de inmovilidad sustancial de la izquierda como unidad, ha dejado la torpeza de nuestras decisiones en caliente, a pesar de haber tenido años en donde la concertación y la derecha no pedieron oportunidad de equivocarse y de regalarnos razones valiosas para acometer contra su modelo y avanzar como un todo en la construcción de la tan necesaria alternativa de izquierda.
Lamentablemente, las decisiones que hoy estamos, una vez más, obligados a tomar para no desaparecer de la escena política, no aseguran que las actitudes que nos llevaron a cometer los errores mencionados desaparezcan, pues nada asegura que hayamos aprendido, por fn, de nuestros propios errores.
Nada nos asegura, por ejemplo, que algunos militantes no quieran seguir operando, a pesar de las declaraciones y de las orientaciones de nuestros líderes y dirigentes, como dueños de las estructuras partidarias. Jugando a excluir y a restar a quienes piensan distinto, por temor a la gente y por temor a que sumar les signifique perder esas minúsculas cuotas de poder social que a la vista de muchos mediocres son siempre más importantes que los objetivos políticos del periodo.
Nada nos asegura que los candidatos a estas nuevas elecciones, serán los mejores ni los más capacitados para desarrollar las tareas para los que pueden ser electos y que dejaremos de pensar las elecciones solo como un instrumento más para multiplicar nuestras pequeñas cuotas de poder, olvidándonos de que son un forma de lucha más, para ampliar nuestra inserción de base y la credibilidad social en nuestra capacidad de gobierno, de gestión, de fiscalización y de defensa de los derechos humanos de todos y todas.
Nada nos asegura que los candidatos, por ejemplo, serán escogidos de manera participativa, democrática y en base a un análisis objetivo y serio, en donde el mérito y las competencias, junto a la trayectoria y a sean fundamentales para tomar las decisiones que nos lleven, sin duda a ampliar las esferas de influencia de nuestro conglomerado.
Nada nos asegura que nuevamente alguien no trate de bajar a quienes comienzan a brillar en una izquierda en donde es más fácil y mejor ser opaco, porque a quienes brillan, se les hace desaparecer en las fauces insaciables de los aparatos, que todo quieren controlarlo, para que no vayan a ser alteradas las cuotas y la lineas de sucesión del poder, previamente establecidas y que son las verdaderamente revolucionarias o humanistas, según ellos.
Y lo peor de todo, es que nadie pagará el costo de los errores cometidos. Nadie asumirá la responsabilidad política de todo el tiempo perdido y de todos los cuadros y compañeros sacrificados en nombre de la revolución y el purismo ideológico.
Nadie asumirá, con una valiente renuncia o por lo menos con una sincera autocrítica, el error de las malas decisiones tomadas sin la participación de todos los involucrados, que nos trajeron de vuelta a este momento en que debemos partir de cero o casi de cero, como si estuviéramos recién llegando a la convicción de que solamente unidos podremos obtener dividendos que sean, de verdad, favorables a nuestro pueblo.
Nadie dirá, si me equivoqué o nos equivocamos y saldremos de nuevo a tratar de convencer a muchos y muchas, que la izquierda es una alternativa real y necesaria, que somos distintos de verdad, que somos lo que el país necesita para dar el salto cualitativo hacia un proyecto nacional de desarrollo cuyo norte sea Chile y su pueblo. Y seguramente la gente, nuestro pueblo, la ciudadanía o como quieran llamarle, volverá a sonreirnos pero sin creernos del todo.
Volverá a escuchar con simpatías nuestros discursos y nuestras propuestas pero no olvidarán que en los momentos en que debíamos ser claramente distintos, nos comportamos igual que aquellos a quienes tanto criticamos y que, finalmente, somos iguales que aquellos a quienes decimos querer reemplazar para emancipar a nuestro pueblo y para trabajar por el mejoramiento de su calidad de vida, de sus expectativas y del cumplimiento de sus sueños.
Volverán a encontrarnos toda la razón pero no sentirán la confianza necesaria como para delegar en nuestros cuadros el futuro de sus hijos y el de sus propios sueños, porque no parecemos capacitados para gobernar mejor que los otros y sin el temor que las formas conservadoras de entender el gobierno y el poder le tienen a las bases y a la gente común y corriente y por lo mismo, tampoco nos sentirán capacitados para dirigir los destinos de la patria.
Lamentablemente, y he aquí nuestro mayor desafío, mientras la izquierda como un todo y los partidos que la componen, también por separado, no se constituyan en fiel reflejo, en su vida interna y en su relación con el resto, de aquella sociedad que decimos querer construir: libre, democrática, tolerante, participativa, justa y en donde nadie sobre; seguirá la gente, nuestro pueblo, la ciudadanía o como quieran llamarle, optando por el mal menor, sin atreverse a soñar ni a girar decididamente a la izquierda; y la culpa… la culpa la seguirán teniendo otros. Se la seguiremos echando a los factores externos, al sistema, a los enemigos, a los partidarios del imperio, sin mirarnos, sin escrutarnos y felicitándonos como siempre de nuestras pobres victorias, de nuestros tímidos avances, que solo son un triunfo moral para los que se creen dueños de nuestro futuro.











