
Se nace y se comienza a morir. El camino a la muerte es distinto para todos ya que la duración y calidad del mismo depende, en gran medida, de la calidad de vida que se tenga durante este andar, muchas veces feliz y muchas veces ingrato.
Está comprobado que las enfermedades en general, además de sus causas, genéticas, sanitarias o medioambientales, tienen una explicación psicológica que pueden incidir de manera significativa en su aparición, desarrollo y desenlace.
Así las cosas, el desamor, el stres, la falta de trabajo, el hambre, la angustia del no comprender determinados fenómenos que influyen en la vida propia, como el desempleo permanente o la violencia intrafamiliar; el no poder brindarle a los seres queridos que dependen de uno, un buen pasar o un pasar digno como les gusta decir a muchos; el hecho de no encontrar un lugar en esta sociedad competitiva y chaquetera que convierte a los seres humanos en meros recursos desechables; la falta de un sistema de salud y de protección social puede, sin duda, determinar o al menos viabilizar la aparición de enfermedades, y una vez realizadas, pueden empeorarlas hasta causar la misma muerte.
Hoy por hoy, mi país discute el derecho a nacer y el derecho a morir de todos y todas, pero nadie discute el derecho a tener una buena vida para no morir antes de tiempo.
Nadie discute el derecho a poder realizarse mediante el estudio, la recreación y la convivencia. Nadie discute ni defiende hoy en día el derecho a tener un trabajo que te permita satisfacer tus necesidades y reproducir tu existencia y la de tus seres queridos. Nadie aspira, hoy en día, a establecer el derecho a una buena vivienda o el derecho a un buen sistema de salud. Tampoco el derecho a un buen sistema de protección para la vejez.
Con la más grande de las sonrisas y con una pasión que a veces confunde, algunos plantean su apego irrestricto al derecho a la vida como principio básico y se niegan por eso a legislar frente a casos como el del aborto terapeuico o al de la eutanasia, pero la realidad de quienes sufren dichas situaciones no importa.
La calidad de vida, las ganas de vivir o de morir son un dato menor y poco relevante. Defienden la libertad de los actores económicos pero no reconocen el derecho libre y voluntario de querer terminar con una existencia ingrata y para la cual no se tiene, en estricto rigor, ningun apoyo de esta socidad que pretende “mantenerte con vida”.
Llama la atención, sin embargo, que los mismos que dan esta batalla, no están por tener un estado de bienestar social que asegure que tu derecho a la vida, este acompañado de una calidad de vida correspondiente a un “derecho sagrado”.
Para ellos, vivir sufriendo una enfermedad incurable que provoca dolor y que, en un país como el nuestro, te obliga a endeudarte a ti y a tu familia por varias generaciones a veces, no es un problema.
Para ellos, nacer en la más inhumana pobreza y no tener la posibilidad material de estudiar, de tener una vivienda digna, el derecho de poder disfrutar a tus padres y a una familia “bien constituida” porque ambos trabajan 12 horas diarias de lunes a domingo, para recibir un sueldo que apenas alanza para sostener la vida, no es un problema.
No es un problema porque el “derecho a la vida” es superior a todos estos temas secundarios. No es un problema porque ese es un tema de oportunidades, de oferta y demanda, no de derechos.

Llama la atención que, a veces, para los mismo que defienden ese derecho sagrado, resulte perfectamente válido matar a los que piensan distinto o bombardear pueblos enteros para asegurar la provisión de petróleo a un
precio accesible, para sus mercados.
Pero permitir a un paciente terminal y que no posee recursos para pagar un costoso tratamiento, que ponga fin de manera libre y voluntaria a su propia vida, eso si sería atentar contra la vida. Detener un posible embarazo no deseado con una pastilla del día después, eso si es un atentado a la vida, pero la dicotomía entre pobreza y riqueza, entre la escasez y el derroche, entre el hambre y la abundancia, entre la salud y la enfermedad, entre el ocio y la superexplotación, son solo circunstancias de un modelo y de una cosmovisión que solamente asegura “el derecho sagrado a la vida”.
La verdad es que uno de los males más grandes de este capitalismo salvaje es la hipocresía. La verdad es que lo más patético de nuestra “clase política” es su doble discurso y lo más triste, desde mi humilde punto de vista, es que a las más amplias mayorías esto no les moleste y sigan insistiendo en que las cosas son como son y no van a cambiar.
Yo defiendo el derecho a morir, tanto como defiendo el derecho a vivir. Creo en la libertad del ser humano cuando decide sobre su propia existencia y detesto la libertad de quienes tienen el poder de decidir sobre la vida de miles y miles de personas inocentes que han sido aniquilados en nombre de dios y de la propiedad privada.
Aspiro a construir una sociedad que defienda la vida, y que se preocupe de ella todos los días de la vida, y no solo cuando está por terminar, como una forma burda e hipócrita de salvar las conciencias de quienes no hacen nada por ella durante toda su existencia.