En una de sus últimas actividades públicas, el presidente de Chile, ciudadano Ricardo Lagos Escobar, ha vuelto a dar muestras elocuentes de su faceta soberbia y autoritaria. Ante manifestaciones de un grupo de deudores habitacionales en uno de sus acostumbrados actos para la prensa, diseñados solo para alimentar su ego e impresionar al país, ha hecho callar a los manifestantes y luego se ha preguntado, con los micrófonos abiertos, para que todo Chile lo escuchara: ¿Quién financia a estas personas?.
Con esta actitud se retrata de cuerpo entero. Primero porque luego de levantar el dedo para increpar a Pinochet y de tanto luchar, se dice, para restablecer el derecho a expresión, hoy, por el solo de dirigir una democracia, bastante antidemocrática, pretende por su autoridad e investidura, suprimir el mismo derecho. Además, porque expresa mediante sus palabras y su actitud, que quienes protestan en este país, deben necesariamente estar financiados por alguien, un enemigo interno o externo, que se dedica a inventar problemas inexistentes, para enlodar su pulcra imagen, recurriendo a las mismas teorías conspirativas que la dictadura utilizaba para acallar a sus opositores.
La verdad es que Lagos se equivoca rotundamente. Primero porque el legado que deja, ese de las grandes realizaciones para los acaudalados y de una inserción en el mundo globalizado que ha sido nefasta para nuestra pequeña y mediana empresa, no logra encubrir ni hacer olvidar a ese otro Chile que viven las familias más pobres de nuestro país. Porque además, el precio del cobre, inusualmente alto, no logra convencer a nadie de que la economía anda sobre ruedas cuando aun existen en nuestro país cerca de un millón de cesantes y otro millón de trabajadores en situación de absoluta precariedad con trabajos temporales mal pagados sin seguridad social.
La verdad es que su soberbia lo ciega, pues pensar que quienes protestan forman parte de algún plan para inventar problemas irreales solo para aguarle sus actos, da cuenta de una incapacidad para ver todas las deudas que en materia de salud, educación, vivienda, medioambiente, recreación y sobretodo, diálogo social, deja su gobierno.
Se equivoca además al pensar, que por ser él un presidente democráticamente elegido, se suprime el derecho de las personas a protestar en cada lugar y en cada acto que se quiera, mientras no se viole la ley ni se interrumpa el tráfico y el libre movimiento de las personas.
















